7 de noviembre de 2014

Celos. Destruyen la esperanza, carcomen la identidad


¿Por qué sufrimos de celos? ¿Son fruto de un proceso evolutivo o la sociedad nos enseña a defender lo que «es nuestro»? Considerarlos un producto de la inseguridad personal acierta en el enfoque, pero no en la raíz; hacen falta algunas piezas para completar el rompecabezas de la génesis celotípica.

Tener celos es una experiencia de la que prácticamente ningún ser humano puede librarse. Todos sufrimos alguna vez de esta sensación: cuando éramos pequeños y celábamos a nuestra madre respecto de nuestro padre o hermanos, y ya con más edad, más de una vez lo experimentamos en alguna relación sentimental o ante alguna preferencia laboral.

Sin embargo, los celos están socialmente más relacionados con la fidelidad e infidelidad sentimental, que con cualquier otro contexto conductual en el que se involucren. El mundo literario, musical y artístico ha dado pie a profusas discusiones sobre los mecanismos de origen, desarrollo y muchas veces

trágicos desenlaces que provoca la celotipia. Insiste también en el terrible sufrimiento que experimenta una pareja cuando uno de los integrantes, o ambos, siente inseguridad ante la pretendida exclusividad del amor ajeno, cuando parece dejar de serlo.

Las conductas celotípicas pueden ir desde la incomodidad ante el coqueteo de la pareja con los asistentes a una reunión, hasta la búsqueda compulsiva de indicios entre las pertenencias ajenas, correos electrónicos o mensajes de texto, que prueben la veracidad de la sospecha de traición e incluso, derivar en crímenes pasionales.

En cualquier caso, los celos se presentan como una sensación de amenaza a la propia identidad; una crisis de confianza que asalta a la imaginación y crea suspicacias crecientes ante hechos reales, que parecen fundamentar innumerables cuestionamientos del valor que nuestra existencia pueda tener para el otro.

¿ORIGEN BIOLÓGICO O CARGA CULTURAL?

Hoy, los enfoques interdisciplinares permiten mejores acercamientos al problema conductual y anímico que rodea a los celos. Su origen se ha estudiado desde distintas perspectivas: si surgieron del orden biológico, residuo de un patrón evolutivo que alguna vez hubiera sido útil en el desarrollo y propagación de nuestra especie; o si más bien su inicio fue meramente social, fruto de algún tipo de presión social.

Estudios como el de la Universidad de Oldemburgo (1997) apuestan más bien a identificar los patrones o etapas emocionales que atraviesa quien padece este sentimiento. El celoso pasa primero por una experiencia de ira, después la sustituye una duda sobre sí mismo, para acabar en un profundo sentimiento de tristeza cuando se confirma la sospecha de infidelidad. Mecanismo triplemente amenazante: ira, duda, tristeza.1

Sobre cuál sea el origen, algunos apuestan al componente social, porque ven en la creación de reglas de convivencia el inicio de la exclusividad y fidelidad. Según esta postura, poner códigos sociales de respeto a la palabra que se empeña, sobre todo al comprometer el cariño y entrega constante al otro, garantiza en cierto modo la continuidad del entorno y de la cohesión social. Pero la excesiva y rígida enumeración de reglas podría derivarse en su incumplimiento, con el consecuente surgimiento de los celos.

Así pues, el monstruo social habría engendrado en los celos una más de sus endémicas enfermedades. Y la solución radicaría en eliminar o disminuir el rigor reglamentario de las relaciones humanas; por ejemplo, permitir relaciones sentimentales «abiertas», con intercambio de parejas, donde nadie se sintiera ni en exclusividad con nadie ni defraudado por la preferencia hacia otras personas.

Para otros, en cambio, el mecanismo de celos sería innato; consecuencia de nuestra biología instintiva y no necesariamente fruto de la influencia social circundante. Esta postura se basa en el pensamiento de Charles Darwin, a quien le llamó la atención que su hijo William de 15 meses desarrollara conductas celotípicas cuando Darwin tocaba una muñeca, como si su hijo interpretara una preferencia por otro niño en detrimento suyo.

Investigadores de la Universidad de Texas estudiaron en 2004 el fenómeno de cómo los niños se encelaban cuando su mamá tocaba una muñeca, pero no un libro o cualquier otro objeto sin figura o connotaciones humanas. La conclusión fue que la experiencia de celos manifiesta componentes adquiridos; es decir, que uno aprende a ser celoso, a tomar conciencia de la amenaza que determinada situación representa para nuestra identidad y valía, para nuestra capacidad de atraer voluntades ajenas y para lograr que se queden con nosotros como destino de una elección.

La biología evolutiva propone que los celos pudieron originarse como una ventaja competitiva para la sobrevivencia de la especie: un niño se encela de otro sólo cuando lo percibe como amenaza para su propia supervivencia, ante la escasez de alimento. Bajo esta idea, los celos desaparecerían con un trato homogéneo, justo y equilibrado por parte de los padres hacia todos los individuos de una familia, de modo que no parezca que unos afortunadamente tienen más acceso a los alimentos que otros.

Otro argumento a favor del origen biológico de los celos es que garantiza la transmisión de los propios genes, razón por la que los varones reaccionan con más celo y agresividad ante la infidelidad sexual que frente a la emocional, mientras que las mujeres son más sensibles a la infidelidad emocional, que a la sexual.

Este mecanismo biológico evolutivo explica los celos que siente la mujer ante la amenaza de tener que dividir la atención y el cuidado de su familia, con una tercera en discordia; y no por la propagación de sus genes, pues la madre sabe con certeza que el hijo es suyo.

Y en sentido contrario, el varón cela para garantizar que otro no le quite a la mujer que reproducirá sus propios genes.

Esta interpretación animó un estudio realizado en Alemania (1992) que pretendía revelar si para las parejas estables una infidelidad sexual sin compromiso emocional tenía mayor o menor peso, o despertaba más o menos celos, que un idilio emocional que no conllevara sexo. El resultado arrojó que a los hombres encuestados les afectaría más que su mujer tuviera una aventura sexual, que una infidelidad emocional en donde el sexo no estuviera implicado. Y en sentido contrario, a las mujeres encuestadas les afectaría más una infidelidad en la que su pareja se comprometiera emocionalmente, que una aventura sexual sin más propósito que la experiencia momentánea. Quienes no contestaron a favor de una postura u otra dudaron en pronunciarse, por lo que el resultado no se consideró del todo conclusivo, pues permitía deducir que en realidad tanto a hombres como a mujeres les importa lo mismo; aunque sí permitió ubicar que en la experiencia celotípica, los mecanismos semejantes al trastorno obsesivo compulsivo aparecen con más frecuencia en los varones que en las mujeres.

ENTONCES ¿DE QUÉ DEPENDEN?

Otros estudios, como el realizado por la Universidad de Michigan (2007), revelan que quienes durante su niñez recibieron atención y cuidado suficientes de parte de sus padres, se formaron una mejor autoestima, mayor certeza acerca de su propia valía e identidad, y mejor capacidad de responder con menos estrés a las relaciones sociales y los retos que implican; por ende, son menos propensos a desarrollar celos. Mientras que quienes padecieron el favoritismo de sus padres hacia alguno de sus hermanos, presentaron baja autoestima y una propensión más marcada a sufrir de celos.

Según otras investigaciones, los celos parecen disminuir de acuerdo al nivel profesional o académico: a menor preparación, las reacciones son más viscerales; mientras que una persona con más mundo y una vida cultural más enriquecida por su nivel escolar, percibe al entorno donde se desenvuelve su pareja menos amenazante para sí mismo y su identidad.

Por otro lado, algunos datos muestran que los celos son un sentimiento más común entre parejas estables que entre aquellas que se consideran inestables u ocasionales, como si hubiera menos que cuidar en estas últimas, y más que perder o proteger en las primeras.

La criminalística también aporta su punto de vista sobre los celos. Son más los hombres que cometen los crímenes pasionales que las mujeres. Aunque ellas lo hacen con mayor frecuencia contra su propia pareja y ellos atacan preferentemente a su rival, no a su pareja infiel.

De entre todo este mosaico de estudios, cifras, interpretaciones y teorías, la pregunta sobre el origen social o biológico de los celos se mantiene como una de las interrogantes que más interés han despertado en los últimos años.2

Si su origen es cultural y social, la importancia que tradicionalmente se atribuye a este sentimiento estaría sujeta a los cambios, olvidos o desapariciones, propios de los fenómenos culturales, que tal como aparecen están condenados a desaparecer. Los celos serían ya cosa del pasado cultural superado.

Por otro lado, si el mecanismo que los detona se debe a una biología programada hace miles de años, la responsabilidad por vivirlos y actuar bajo su influencia parece palidecer por tratarse de una herencia biológica inconsciente.

Es verdad que durante la experiencia de celos en los varones se activan las zonas cerebrales propias de la conducta agresiva y sexual (el hipotálamo y la amígdala), probablemente relacionadas con mecanismos de sobrevivencia y propagación de la especie; mientras que en las mujeres se activan las relacionadas con la percepción social (como el surco temporal superior), que sugieren una relación con la sociabilidad y la empatía emocional.

Pero ambos fenómenos apuntan a comportarse más como una consecuencia que como un punto de partida, es decir, una manifestación de las zonas cerebrales (activadas) que se requieren en ese momento, bajo esas circunstancias, y no por un condicionamiento definitivo sobre la naturaleza última de los celos, que radica en una conducta instintiva basal.

La teoría evolutiva sobre el origen biológico, genético o de utilidad reproductora de los celos está hoy por hoy muy desestimada. Los celos no garantizan una reproducción exitosa, por el contrario, la estorban por las consecuencias emocionales, de desgaste, decepción y alejamiento a las que el celoso somete a la persona celada. Así, el origen evolutivo aparece como argumento débil para justificar su existencia.

ANTÍDOTO CONTRA LOS CELOS

En última instancia, hablar de celos refiere a la amenaza que percibimos contra nuestra identidad. Ante nuestros ojos aparecemos como incapaces de despertar en las otras personas una apuesta suficiente para que nos elijan y se queden con nosotros.

Hablamos de una experiencia profunda de raíz antropológica, donde el hombre se exige a sí mismo una visión clara sobre su propio valor y papel en los entornos de relación sentimental, familiar o laboral. Luego, esperar de los demás una manifestación clara de quién se es, qué se desea y qué valoración realiza del papel que desempeñamos con nuestra existencia, en un contexto construido como fruto de una elección mutua.

Un cliché social reduce con simpleza los celos a la sola inseguridad personal; quizá acierta en el enfoque pero yerra en la raíz. Crear una certeza confiada y segura acerca de quién se es, qué se dona al otro, quién es el otro, y en qué medida nos recibe realmente, es un remedio más profundo para este enemigo íntimo que carcome la auto percepción, destruye la esperanza y castra nuestra coexistencia.

El compromiso emocional implica que ambas partes sean claras; conlleva proyecto, temporalidad, alternativas elegidas y crecimiento biográfico. La fidelidad y el respeto a la palabra garantizan la paz emocional, que en una relación sentimental bien llevada deja poco o nulo espacio para una experiencia de celotipia.

El ser humano es esencialmente conectivo, relacional, coexistente; es un sujeto de vínculos, con los que asimila su entorno desde la peculiaridad irreductible e insustituible de la persona que es.

Somos agentes de vínculos, pero atravesados por la temporalidad. De modo que las acciones que realizamos hoy, no garantizan el buen desempeño de lo que hagamos mañana. El presente no da sino para la ejecución del presente. El mañana hay que conseguirlo, ejercerlo, conquistarlo.3

El carácter temporal del ser humano lo convierte entonces un sujeto de alternativas. Cada uno de nosotros ha de resolver las que el futuro le presente. Al decidir, configuramos nuestra propia biografía. En cualquiera de estos elementos antropológicos (carácter relacional, apertura hacia alternativas, futuros realizables, creación de biografía propia) se muestra un rasgo común: la peculiaridad. Nadie puede realizar en vez de mí los vínculos que yo debo construir con mi existencia; nadie puede vivir las alternativas a las que se enfrenta mi vida, suplantándome; nadie puede vivir mi biografía por mí. Nuestro carácter de apertura y temporalidad remarcan la peculiaridad que somos cada uno de nosotros.

CELOS: SEÑAL DE ALERTA

La experiencia de celotipia camina en sentido inverso al carácter peculiar y de vínculo que nos distingue, pues desencadena una sensación de amenaza ante la valía y peculiaridad de nuestra presencia. Como si nuestra existencia no tuviera relevancia, peso específico, protagonismo o sentido dentro del entorno de nuestros vínculos, los celos desdibujan y clausuran (pues da lo mismo lo que los demás reconozcan de nuestra existencia como valiosa) la valía que el sujeto debiera reconocer dentro de sí.

Experimentar celos es una alerta cuya única reacción, digna de un ser humano, es desactivar el auto engaño: confrontar con la realidad cuál es nuestro verdadero papel, nuestro peso humano y la huella que mi presencia aporta en la vida del otro. Sobre todo en la de aquellos que se comprometieron a entregar su interioridad, en el contexto de una relación sentimental.

En la medida en que ese carácter peculiar se defina, los celos perderán todo su sentido. Mientras más claro es el alcance de la existencia personal que vivimos, más inútil aparece el desgaste de consentir una experiencia de celos a nuestros ojos, inteligencia y emotividad.

El profesional de la salud mental trabaja con el celoso en conducirlo hacia la auto percepción, para comprender lo valioso y protagónico de nuestra existencia en el entorno compartido de una relación sentimental, o de cualquier otro orden. Pero ésta no es una tarea exclusivamente reservada a pacientes y terapeutas.

Carlos Llano sugirió con ingenio que los propios intereses, el egoísmo, la pereza y otros impedimentos que la voluntad atrofiada pone entre nosotros y la realidad, impiden formarnos una verdadera visión de la realidad y de nosotros mismos4. Mucho de esto gravita en torno a la experiencia de los celos. Descubrir y aceptar que el supuesto compromiso de entrega del otro hacia con uno, careció de la fuerza suficiente para ser validado mediante la fidelidad, al menos libra al engañado de falsas expectativas, de las que se alimenta profusamente la celotipia.

En la medida que apuntalemos esa visión propia, objetiva, realista, personal, de quiénes somos, lo que queremos y cómo lo deseamos comunicar o entregar, los celos y su destructiva omnipresencia se empequeñecerá, y dará pie a la certeza del papel que la existencia del otro juega en mí, y la importancia, que en la trama de mi propia vida, desempeña aquel a quien he invitado a entrar.


Autor: Héctor Velázquez Fernández


_________________________

1 Andresh, Jasmin: «Entre la ira y el amor», Mente y Cerebro, núm. 56, septiembre/octubre, 2012, a quien sigo en lo conducente a estudios y encuestas sobre los celos.

2 Harris, Chrsitine: «Origen de los celos», Investigación y Ciencia, núm. 337, octubre, 2004.

3 Como lo destaca Leonardo Polo en La originalidad de la concepción cristiana de la existencia, EUNSA, Pamplona, 2010.

4 Llano, Carlos: Etiología del error, EUNSA, Pamplona, 2004.




http://istmo.mx/2014/07/celos-destruyen-la-esperanza-carcomen-la-identidad/

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