11 de marzo de 2014

Crees que eres la voz que hay dentro de tu cabeza



“¿Qué tal?” “¿Cómo estás?” “¿Cómo lo llevas?” “¿Cómo te va la vida?” “¿Eres feliz?”

Preguntas aparentemente sencillas, que nos son formuladas y que formulamos con frecuencia, a las que respondemos automática y apresuradamente con un: «Bien, bien, gracias. ¿Y a ti?»; o, por ejemplo, con un: «Ahí voy… tirando».



¿“Bien”? Sinceramente, ¿nos va “bien”? Decimos: “Tirando”. ¿“Tirando”de qué? ¿De qué “tiramos”? ¿”Tiramos” de nuestra vida? Por cierto, decimos “ahí voy…”, pero, ¿hacia dónde?, ¿hacia dónde vamos? ¿Quién no tiene la sensación de que, en general, parece que, hacemos del vivir un gran esfuerzo? ¿Quién no tiene la sensación de que el vivir implica un gran trabajo? ¿No parece como si el vivir se hubiese convertido en una gran y continua lucha? ¿En una carrera de obstáculos? ¿En una pesada carga?



Observando el mundo, alrededor, al vecino, al amigo, a la pareja… ¿Cómo diríamos que vive la gente?, ¿cómo diríamos que son sus vidas?, ¿son felices?, ¿viven con plenitud la vida?



Observándonos a nosotros mismos: ¿Cómo diríamos que vivimos?, ¿cómo diríamos que es nuestra vida?, ¿vivimos una vida de calidad?, ¿una vida

plena?

Quizá quepa que cada uno se formule las siguientes cuestiones: ¿Cómo he vivido y cómo vivo actualmente mi vida?, ¿cuál es su calidad?, ¿y su cualidad? ¿Vivimos de un modo pleno, o por el contrario, lo que predomina en la cotidianidad de nuestra vida, es cierta sensación de insatisfacción vital, de que nos falta algo, de que algo va mal? ¿No está marcada esta sensación por el anhelo, el deseo, el miedo y la preocupación constante? ¿No está condicionada por el llegar a ser, llegar a tener, llegar a…?



Realicemos un ejercicio: Imaginemos una balanza. Situemos primero sobre uno de los platos, todas nuestras experiencias y sentimientos de anhelo, miedo, soledad, pena, dolor, desesperación, desdicha, aflicción y angustia; todos nuestros momentos de crisis, de enfermedad, de desasosiego; todas las adversidades y conflictos; incluyamos el malestar, la preocupación, la tensión, la ansiedad, la desesperanza y la incertidumbre, que hayamos experimentado a lo largo de toda nuestra vida, y que experimentemos actualmente.

Después, coloquemos sobre el otro plato de la balanza todos los momentos que llamamos de alegría o felicidad, que hayamos experimentado a lo largo de toda nuestra vida y que experimentemos actualmente. Ahora, honestamente, respondámonos a nosotros mismos,


¿hacia dónde se inclina la balanza? ¿Acaso no ha de estar irremediablemente relacionada la manera en la que vivimos en el mundo con el instrumento que utilizamos para vivir en el mundo? ¿Acaso no ha de estar relacionada con las “gafas” a través de las cuales vemos el mundo y filtramos la realidad? ¿Acaso no ha de estar relacionada con el funcionamiento de nuestra mente, de nuestro pensamiento? ¿No sería, por tanto, ineludible plantearnos cómo funciona este instrumento?, ¿cómo funciona la mente?, ¿cómo funciona el pensamiento?

Tomémonos un minuto e intentemos responder a lo siguiente:

¿cuál es el estado “ordinario” de la mente de la mayoría de los seres humanos?, ¿cuál es el estado psicológico en el que nos encontramos la mayor parte del tiempo?

Si nos resulta difícil responder, podemos plantearnos las preguntas de este modo:

¿cuál es el estado ordinario de mi mente?, ¿cuál es el estado psicológico en el que me encuentro la mayor parte del tiempo?, ¿qué es lo que suele hacer mi mente, mi pensamiento?

Por favor, detengámonos un minuto, formulemos estas cuestiones, intentemos responderlas.

Tales cuestiones deberían ser ineludibles para todas las personas, inexcusables para un psicólogo. Sin embargo, nos percatamos de que a duras penas podemos responder. Probablemente porque requiere de una habilidad: la habilidad de observar; observar de un modo especial. De una manera que no hemos aprendido, que no hemos practicado, que nos resulta casi, o completamente ajena.

La psicología aún no ha descrito de un modo inequívoco y preciso el funcionamiento ordinario de nuestra mente; no ha hecho una radiografía, una descripción minuciosa de cómo funciona, cuál es su movimiento, qué es lo que suele hacer, qué es lo que no suele hacer, qué le gusta, qué no le gusta, por qué hace lo que hace, cuál es su función, cuáles son sus intereses, sus temores… y, lo más importante, su naturaleza fundamental y las leyes que controlan y gobiernan su funcionamiento. No obstante, desde diferentes fuentes hallamos descripciones de lo que podríamos denominar el estado “ordinario” o “normal” de la mente humana.

Eckhart Tolle (El Poder del Ahora) ha señalado que a pesar de las diferencias entre las antiguas religiones y tradiciones espirituales de la humanidad, todas reconocen que el estado mental ordinario o “normal” de la mente de la mayoría de los seres humanos, contiene un fuerte elemento que podríamos denominar disfunción, e incluso locura. Tolle continúa estableciendo las siguientes comparaciones: el hinduismo se aproxima a esta disfunción como una forma de enfermedad mental colectiva llamada maya; que podría traducirse como el velo del engaño; el budismo utiliza el término dukkha para referirse al estado ordinario de la mente. Dukkha podría traducirse por sufrimiento, insatisfacción o desdicha y constituye una característica de la condición humana; pecado es la palabra utilizada por el cristianismo para describir el estado colectivo normal de la humanidad. El significado originario de pecar es fallar en un objetivo, como un arquero que no da en el blanco. Por tanto, pecar significa no acertar con el sentido de la existencia humana. Su significado es vivir torpemente, ciegamente y, como consecuencia, sufrir y causar sufrimiento.

Tolle apunta: «La mayoría de la gente está tan completamente identificada con la voz de su cabeza –el torrente incesante de pensamiento involuntario y compulsivo y las emociones que lo acompañan- que podríamos describirla como poseída por su mente. Cuando eres completamente inconsciente de esto, crees que el pensador eres tú. Eso es la mente egótica. La llamamos egótica porque hay un sentido del yo (ego) en cada pensamiento, en cada recuerdo, interpretación, opinión, punto de vista, reacción, emoción. En términos espirituales, esto es la inconsciencia».

«La mente es un instrumento soberbio si se usa correctamente. Sin embargo, si se usa incorrectamente se vuelve muy destructiva. Para decirlo con más precisión, no se trata tanto de que usas la mente equivocadamente: generalmente no la usas en absoluto, sino que ella te usa a ti. Esa es la enfermedad. Crees que tú eres tu mente. Ese es el engaño. El instrumento se ha apoderado de ti».



Por Israel Mañas Mañas
AlfonS




http://elcosmovisionario.wordpress.com/2011/11/04/crees-que-eres-la-voz-que-hay-dentro-de-tu-cabeza-i/#more-1330

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