30 de marzo de 2014

Las trampas de la fe


Se dice que la religión es un opio, pero también es un alimento, una necesidad impetuosa del hombre desde sus orígenes en busca de un sentido de trascendencia a su vagar por el mundo. Una forma de llenar la soledad empequeñecedora que le produce saberse acaso una insignificante gota en el gran océano del universo, una minúscula partícula (“polvo al polvo”) que apenas representa una nada en el cosmos. El hombre necesita de un alter ego proverbial, fulminante, que atemorice pensarle o nombrarle, necesita elevar hasta el dolor su imagen por las calles, necesita llorarle y atribuirle un llanto ominoso. Este valle de lágrimas, que llamamos mundo, lo será por siempre hasta que no se eleve la visión humana por encima del dolor, construyendo de una vez el tan anunciado paraíso aquí en la tierra. Como escribiera Lope, “siempre mañana y nunca amañanamos”, absortos en las trampas de la fe, en la fiel ironía del cántico tremendista, afirmando cabizbajos, como San Agustín, que “el creyente debe creer lo que todavía no ve, pero esperando y amando la futura visión”. No hay futuro para un Dios, la historia nos lo ha demostrado, que se ignora siempre en el presente, pues el futuro es en esencia inalcanzable. Y, sólo es posible, por tanto, creer en el presente.

En el “Salmo 4” leemos: “Me acuesto en paz y enseguida me duermo, porque

sólo tú, Señor, aseguras mi descanso”. Posiblemente, a mi entender, sea uno de los más bellos colofones espirituales, una maravillosa forma de sintetizar lo que la religión significa, o busca significar, en el hombre. Una paz, un descanso, un alivio al tormento mundano, una mano desde el cielo tendida sin condición alguna, amorosa y compasiva, hacia todos los hombres. Es la religión la esfera donde la conciencia es capaz de reconciliarse consigo misma, de silenciarse y de descansar en paz, recostada en el regazo del que todo lo sabe y todo lo perdona. Pero más allá de la conciencia moral, de la dualidad del pecador y el pecado, hay y ha habido siempre una conciencia mística, en todas las religiones, que ha representado la parte más profunda de la espiritualidad, aquella que se rinde, sin condiciones, amorosamente, a lo divino. Esta modalidad espiritual es pura, ascética, livianamente sincera en su canto. Es la de San Juan de la Cruz, Miguel de Molinos, Santa Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, Ramón Llull… Es la que lo dará todo por el encuentro sereno y unitivo, la que pasará “por fuertes y fronteras” y no temerá las fieras que salgan a su paso. Es la que, al final de todo, sabe no saber, “todo ciencia trascendiendo”. Es, usando palabras de José Ángel Valente, “una experiencia abisal”, un romance callado con la verdad.

En estos tiempos de crisis y lamentos, de via crucis y nubarrones, merece la pena hacer un recorrido por nuestra mística cristiana, por los autores citados o por aquel inglés anónimo que escribiera “La nube del no saber”, y, por supuesto, por el místico de los místicos, el Maestro Eckhart. En ellos siempre se desprende la más bella esperanza salida de la noche más oscura, viendo, como escribiera San Juan, que “su claridad nunca es oscurecida” […] “aunque es de noche”. No ha de ser la religión un territorio ajeno a la vida, para quien realmente desea aprender a vivirla, esto es, para quien desea experimentar sin restricciones la hondura divina.

La religión no se experimenta en el templo solamente, sino incluso más aún fuera de él, en el vivir cotidiano, en el trato con los semejantes. Nadie puede poner el cartel de “Ocupado” cuando no le interese llevar a la práctica lo que su corazón reconoce como correcto. Se habla de compartir, de amar al prójimo como a uno mismo, de unidad en la diversidad, y este mundo nunca ha experimentado tanto la división, el egoísmo, la búsqueda atormentada del beneficio propio a costa del empobrecimiento de otros. Hay quien habló (Montesquieu, entre otros) de la separación del estado y de la religión, pero lo que no se puede separar es la conciencia religiosa de la conciencia cívica, política, económica o ética. Todo es una misma cosa. Si reconocemos al ser humano como parte del Espíritu, encarnación dotada de alma, no queda otro remedio que actuar de acuerdo a eso. Y si así fuera, nadie podría tener nada en contra de cualquier religión, porque el ser humano simplemente actuaría desde sus convicciones más puras, ya que uno mismo representa lo trascendente, no es diferente de ello. Entonces estaríamos hablando de una verdadera y nueva religión, aquella capaz de hermanar a todos los seres humanos, de unificarlos bajo una misma naturaleza y proyecto común, y de encaminar, de ese modo, esa paz perfecta que cuando está en uno es capaz de resonar en todos y de conciliar, acaso definitivamente, este dolor que produce la incansable cruz que llevamos a cuestas.


Diario La Verdad




http://lashorasylossiglos.blogspot.com.ar/2012/04/las-trampas-de-la-fe.html

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